Quiero Aprender

Cómo ser la mejor versión de nosotros mismos

“Si pudieras patearle el culo a la persona responsable de la mayor parte de tus problemas, no podrías sentarte por un mes” – Theodore Roosevelt

Sentí el boom de ese googleo intenso para saber si esa frase era posta de Roosevelt, o si  por el contrario pertenecía a la bolsa 3.0 de quotes como “No creas todo lo que ves en internet – Abraham Lincoln”, pero para mi sorpresa pareciera ser realmente de él. Original o no, su contenido me parece muy real y es el punto de partida del post de hoy.

Durante buena parte de mi vida di por sentado que hay determinadas cosas que puedo hacer y otras que no. No porque tenga alguna limitación física o médica que me lo impida, sino porque simplemente hay ciertas actividades para las que siempre sentí que no nací: soy torpe, por lo tanto no sirvo para ningún tipo de deporte. Nunca supe tocar ningún instrumento, así que no sirvo para la música. Nunca fui una mina ordenada, lo que demuestra que la prolijidad está off-limits.

Viví un montón de tiempo aceptando esas condenas como algo natural, y tardé basta(aaaaaaaaaa)nte en bastante en darme cuenta de que todos esos axiomas que regían mi vida eran un invento gigante que tenía dos orígenes principales: mi entorno y mi cabeza. Mi entorno, porque muchas veces me dejé reprimir por comentarios bien o mal intencionados que remarcaban mis limitaciones o falencias. Mi cabeza, porque yo solita me autoimpuse que hay determinadas cosas que jamás voy a poder hacer bien, y las abandoné sin siquiera intentarlas.

Asumir la responsabilidad sobre las personas que somos es un paso grande: no es pavada reconocerte como protagonista de tu propia realidad, sobre todo cuando no estás del todo contento con ciertos aspectos de la misma. Pero fácil o no, es un hecho: la persona que somos (o no somos) no es una condición dada e irrevocable, sino una construcción activa de identidad que controlamos nosotros desde el momento en que nacemos. Con mayores o menores dificultades, consciente o inconsciente, cada paso dado o no dado es una elección.

Y no estoy hablando de casos extremos ni de cosas que nos exceden (creo en el poder de las energías y en que ciertas cosas simplemente ‘tienen o no tienen que suceder’) estoy hablando de algo muy cotidiano y simple que considero que depende exclusivamente de nosotros: las personas que somos.

Si bien es cierto que nacemos con determinadas condiciones dadas (hay gente que nace con buena voz y ni necesita esforzarse para cantar, por ejemplo), todo lo que sucede de ahí en adelante en cuanto a nuestras aptitudes es consecuencia de nuestras elecciones: somos las personas que nos esforzamos para ser. Las cosas que hacemos bien son aquellas en las que ponemos tiempo y esfuerzo, más allá de que haya gente con mayor facilidad para tales o cuales actividades. Si no nos lo impide ninguna discapacidad o situación de fuerza mayor, no “servir” para algo es responsabilidad nuestra y solo nuestra. Si te gustaría tocar la guitarra pero no sabés hacerlo, es porque no te esforzaste lo suficiente. Punto. No hay mucha más vuelta que darle.

La primera vez que me di cuenta de esto fue hace diez años, durante una clase de la secundaria. Tenía 16 años llevando un pequeño estigma asumidísimo a todo lugar al que iba: “mi letra es fea”.  Siempre lo tomé así, es la letra que tengo, es desprolija, es antiestética y no hay nada que pueda hacer al respecto. Fijate cómo hacés para entenderla y si no la podés leer lo siento, es la letra que me tocó.

Cagadas a pedos de profesores, hojas manchadas y renglones ultrajados se habían vuelto parte de mi cotidianidad hasta ese día en clase, que hice un click: mi letra no es hereditaria ni algo que se materialice sobre el papel de la nada misma, es algo que hago con mi propia mano. En ese mismo momento de epifanía agarré una hoja y me puse a escribir todo el alfabeto en minúsculas y mayúsculas, y una vez que lo tuve en frente marqué con un círculo todas aquellas letras cuyas formas no me convencían y le pedí opinión a mi compañero de banco, que marcó un par más. Después de eso dediqué el resto de la clase a ver cómo podía mejorar mis letras más flojas, una a una. Modifiqué un montón: le agregué un palito a la G mayúscula, ordené un poco la M, le cambié radicalmente la forma a la A, una curvita acá, una rayita allá. Cuando me sentí conforme con el trabajo me dispuse a practicarlas en una nueva hoja formando palabras y tratando de empezar a sentirlas naturales. Honestamente no tengo ni idea de sobre qué habrá tratado la clase en la que estaba, pero fue una tarde productiva: desde ese día me gusta mucho cómo escribo. Tengo una letra imprenta redondita, personal, femenina pero no empalagosa y tiene algunos vicios que me representan entera. Pasé de odiarla a amarla, y lo único que necesitaba hacer era parar un segundo el autopilot para darme cuenta de que todas las cosas que salen de mí, dependen de mí. Así de simple y obvio como suena.

Desde ese día senté las bases para muchas cosas que intento tomar todos los días, no siempre con éxito pero sí conscientemente: no soy una mera espectadora pasiva de mi realidad, soy protagonista de la misma y como tal tengo la capacidad (y la responsabilidad) de cumplir un rol activo en la toma de decisiones de mi propia identidad. Si soy mediocre en algo, la culpa es mía. Aceptar la realidad personal como una circunstancia dada e irrevocable me parece un desperdicio, y considero que todo lo que queremos en la vida lo podemos conseguir si nos lo proponemos con suficiente fuerza. 

Otro encuentro similar al de la letra lo tuve unos años después, en relación a mi motricidad. Creo que cabe aclarar que siempre fui una mina alta, y por lo tanto torpe: creo que hay una correlación directa entre la gente de grande estatura y su incapacidad motriz ya que al pegar el estirón, entre medio de la revolución hormonal mental y emocional que es la adolescencia, no hubo tiempo de acostumbrarse a la nueva longitud de extremidades y mucho menos para el movimiento agraciado y calculado de las mismas.

En mi torpeza nunca serví para los deportes, menos que menos para aquellos que requieren un vehículo con ruedas. A pesar de eso la música que me gustaba de adolescente me llevaba casi automáticamente a admirar a toda la gente que lograba subirse a un skate sin terminar con una doble fractura expuesta, cosa que yo veía como completamente imposible para mí. Gracias que puedo caminar sin tragarme los muebles en el camino y vos querés que haga equilibrio sobre ruedas? Qué sigue, malabares con antorchas haciendo equilibrio sobre una pileta de lava?

Y así viví bastante tiempo, admirando de lejos a los que sí podían. Finalmente un buen día me hinché  las pelotas de autolimitarme y en otra epifanía me compré un longboard, me llené las rodillas de frutillas y aprendí a andar. Así nomás. Pese a mi altura y mi torpeza crónica, aprendí y ni siquiera fue tan difícil. Hoy puedo disfrutar de un paseo en longboard en paz, algo que tiempo atrás hubiera catalogado como ‘no para mí’ y solo me hubiera permitido disfrutar a la distancia. Y todo lo que requirió eso es una pregunta y una determinación: ¿Quiero? Sí. Entonces puedo.

Cuento estos dos casitos personales como ejemplos porque creo que no soy la única que se autocondena a no hacer ciertas cosas que le gustaría. Creo con mucha fuerza que no hay cosas para las que no sirvamos, hay cosas para las que no nos esforzamos por servir. Muchas veces los humanos en la inercia de vivir tomamos como axiomas irrevocables estigmas que realmente no nos pertenecen, y nos catalogamos como incapaces de hacer tal o cual cosa cuando las limitaciones están solamente en nuestras cabezas. No nos damos cuenta de que podemos ser exactamente la versión de nosotros que queramos ser con solamente despertarnos y hacer.

Hacer, hacer, hacer.

Patear de nuestro cerebro todas esas sogas que nos inventamos y dedicarnos libremente a construir nuestra identidad exactamente como se nos canten las pelotas. Sentarnos al mando de nosotros mismos y controlar de una vez y para siempre las personas que somos, para que dejen de estar tan alejadas de aquellas que queremos ser.

¿Empezamos?

 

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10 Comments

  • Reply
    Dai
    25 septiembre, 2016 at 11:40 pm

    La nota es hermosa! Es algo que, creo, todos pensamos alguna vez pero nunca vi tan claro hasta que lo lei aca. Cuando caes en la cuenta que no estas haciendo nada por ser lo que queres o incluso de que vas en contramano a tus sueños es un garron!! Re lindas palabras Lali! Ojala sigas con esto muuucho tiempo mas

    • Reply
      Lali Bonomini
      26 septiembre, 2016 at 1:56 pm

      Gracias! Espero que así sea 🙂

  • Reply
    Ine
    26 septiembre, 2016 at 10:51 am

    SÍ a todo esto. Cuando tenía 14 años, más o menos, me agarró un “ataque” de aprender cosas por mi cuenta. No podía ser que me encante dibujar pero no me gusten mis dibujos. O que tocar el piano parezca imposible (“coordinar las DOS manos haciendo algo distinto?! wtf???”). Siempre tuve esas ganas de aprender cosas nuevas, still do.
    Y así como aprendo actividades, también le dedico tiempo a actitudes nuevas. Hay cosas mías que no me gustan y pensamientos que requieren mucho trabajo sacar de mi cabeza. Justo ayer pensaba en que no está bueno que te digan “nunca cambies”. Obvio que siempre va con buena intención, pero si me pongo a pensar, prefiero ir cambiando que estancarme en quien soy hoy. Año a año me siento una persona distinta, y siempre me entusiasma la idea de conocer quién voy a ser el año que viene…

    • Reply
      Lali Bonomini
      26 septiembre, 2016 at 1:56 pm

      Me encanta, Ine. Pienso igual que vos 🙂 Y tal cual, el ‘nunca cambies’ tiene que ser tomado con pinzas. Cambiá siempre!

      • Reply
        Ine
        26 septiembre, 2016 at 8:59 pm

        Quise poner “no está TAN bueno” jajaja tampoco rechazo el cumplido 😛

  • Reply
    A.
    26 septiembre, 2016 at 12:14 pm

    Funciona si sos, mínimo, de clase media.

    • Reply
      Lali Bonomini
      26 septiembre, 2016 at 1:59 pm

      Te contesto en este comentario pero va por ambos: estoy 100% de acuerdo con vos! De hecho supuse cuando lo escribí que alguien iba a comentar algo así, por eso traté de aclarar que ‘no estoy hablando de casos extremos ni de cosas que nos exceden’. Obviamente si tenés que salir a pedir o laburar 20 horas por día en una fábrica, si no sabés tocar la guitarra es porque gracias que tenés tiempo y energía para las demás cosas. No quise sobreaclarar porque me pareció que no era necesario, pero obviamente estas cosas que escribo son desde mi postura y tratan de aplicar a gente que se encuentra en la misma, que es la mayoría de la gente que llega al blog. De todas formas no está de más tu aclaración, es súper válida y termina de aclarar algo que no quise remarcar demasiado en el post. Así que gracias!

      • Reply
        Iggy
        28 septiembre, 2016 at 4:53 pm

        Mmmm, yo creo que esto se puede extrapolar a muchos otros casos.

        Por ejemplo alguien que labura 12 horas por día en una fábrica puede hacer cosas para eventualmente conseguir un trabajo mejor. Tener la energía para hacerlo va a ser una sacrificio increíble, en algunos casos tal vez imposible. Pero se puede intentar!

        Entiendo que hablamos de contextos y problemas absolutamente distintos, pero me parece que las ideas de este post pueden ayudar a todos, en cualquier situación.

        Tener una mentalidad positiva, saber que siempre podés cambiar y mejorar, reconocer que todos tenemos un enorme potencial por explotar… creo que estas cosas pueden ayudar tanto a alguien que está en la cima de la pirámide de Maslow [https://en.wikipedia.org/wiki/Maslow%27s_hierarchy_of_needs], como a alguien de la base.

        Thoughts?

  • Reply
    A.
    26 septiembre, 2016 at 12:17 pm

    (no quise señalar más que algo súper obvio pero que me parece re necesario de explicitar; tampoco hay que andar teniendo vergüenza de ciertos privilegios “heredados” [como gozar de las condiciones materiales de existencia propicias para ¿desarrollarse?], pero me parece muy importante pensar siempre las derivaciones políticas de lo que hacemos, decimos, etc.)

  • Reply
    A.
    22 octubre, 2016 at 6:48 pm

    A esos “casos extremos” está sometida la mayoría de los humanos en la tierra. Por ahí sea un temita no ineludible. Si se quiere ser sensible, atento, etcétera. Sí, hay que pedir(nos) muchísimo más.

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