Quiero Aprender

Hoy espanté un fantasma (Victoria sobre el censor parte II)

Hoy espanté un fantasma. En serio… ¡Lo espanté! Lo miré a los ojos por primera vez, puse mi mejor cara de ruda y le dije que se fuera. No tuve que agredirlo ni atacarlo, simplemente con mirarlo fijo y sostenerle la mirada alcanzó para que esta vez finalmente sea él quien se sienta intimidado por mí (tables, they turn sometimes querido fantasma) y se fuera por donde vino.

Es que adentro de mi cuerpo hay una colonia de fantasmas, algo así como una vecindad. Conviven entre ellos desde que soy chiquita y están muy cómodos conmigo, no se quieren ir. Les gusta cómo soy, pero sobre todas las cosas les encanta cómo me pongo cuando los tengo cerca, es el material del que están hechas sus cenas y almuerzos. Los días en los que peor la paso es probablemente cuando deciden festejar algún cumpleaños o juntarse a hacer un asado: les doy material como para cocinar un banquete imperial.

Ninguno de ellos vivía ahí cuando nací, fueron llegando de a poquito a medida que yo crecía. La verdad es que no llevo un registro de cuál fue el que vino primero, solo sé que fueron cayendo con sus bolsitos y se fueron asentando adentro mío uno a uno, sin invitación. Más pasaban los años y más llegaban: al parecer mi espacio tiene la particularidad de ampliarse cuanto más inquilinos tiene, por lo cual jamás va a estar lleno el cupo y siempre va a haber lugar para uno más.

Viví muchos años naturalizando su existencia. “Sí, son fantasmas, ¿qué tiene? Viven adentro mío… ¿qué? ¿vos no tenés?” y así iba por la vida, sin saber que era cuestión de ponerme firme y decirles que tenía tramitada la orden de desalojo para que se fueran para siempre.

Fui creciendo y de a poco me animé a enfrentarme a algunos de ellos. Me acuerdo de los primeros que eché de manera consciente: el miedo a la oscuridad, a las montañas rusas que dan vueltas, a enamorarme, a hablar frente a un auditorio, a decir que no, a hacerme valer. Todos esos fantasmas vivieron alguna vez adentro mío y tomó mucho (muchísimo) coraje decirles que necesitaban irse, que ya no encajaban más en ese lugar. Lo bueno de estos seres es que es cuestión de animarte a decirles que se vayan y ya está, se fueron. No hacen berrinches, no te negocian el alquiler, no te mandan una carta documento, nada: si se los decís de verdad, desde el corazón, desaparecen. Hacen *puf* y se evaporan como por arte de magia.

Hoy 27 de febrero me puse los pantalones de nena grande y fui a enfrentar a un inquilino, uno de los importantes con cuatro ambientes, terraza, pileta y amenities. Vengo preparándome hace unos meses para este momento, porque al ser uno de los grandes me intimida bastante y si bien soy alta, cuando lo tengo en frente me siento una pulguita.

Ese fantasma, el gordo, el grandote, es el fantasma del canto.

Pasé los últimos casi veintiséis años de mi vida deseando profundamente saber cantar, pero sin decírselo a nadie… ni siquiera a mí misma. Es que el fantasma no me dejaba, todos los meses pagaba el alquiler con un montón de “qué vergüenza” “se van a reir de cómo suena” “no naciste para esto” “no tenés voz” “vas a desafinar”, y yo lo tomaba como palabra santa. Qué se yo, es un fantasma, vive acá, paga el alquiler, es lo normal, pensaba. Hasta que un día se me prendió la lamparita y me di cuenta de que estaba equivocado y se tenía que ir: ese fue el día en que decidí empezar a aprender canto.

Salí de las primeras clases empapada y con las piernas temblando literal del estrés que pasaba ahí adentro. Estaba cantando ADELANTE DE ALGUIEN. Nunca jamás en mi vida había considerado realmente animarme a eso, a poner algo tan mío como mi voz ante los oídos de otra persona tratando de articularla voluntariamente para que suene de manera armónica. El fantasma estaba como loco y no le cabía una esta nueva idea. Temblaban los cimientos del cuatro ambientes.

Tras un par de semanas descubrimos con mi profesora que cuando terminaba la clase me quedaba un dolor bastante intenso en la garganta, y tras mucho analizarlo vimos que era un problema de mi lengua: la tensiono mucho al cantar… algo que presiento que el fantasma me dijo alguna vez que haga. Fuimos aflojando eso con algunos ejercicios, junto con otras partes de mi cuerpo que se tensaban apenas armonizaba la primera nota: piernas, cuello, hombros, nadie se salvaba de la rigidez a la que el inquilino nos había sometido.

Ya llevo medio año yendo a clases de canto una vez por semana, y finalmente hoy tras mucho maquinarlo me animé a dar el siguiente paso, que terminó por desalojar al fantasma: cantar frente a un micrófono y gente que no conozco. Nos juntamos poquitas alumnas, la profesora y su novio (que es profesional de grabación) y cantamos frente a nosotras y a un micrófono un tema. Previamente a entrar a la sala de grabación compartimos miedos con las otras alumnas, que ya se habían expuesto a esta situación, y me sentí super acompañada: al final sí era verdad que todos teníamos fantasmas, mi error siempre fue pensar que tenían derecho a quedarse para siempre.

Cuando entré a la sala ya me sentía mejor, pero terminé de sanar cuando empecé a cantar mi pista: me sentí libre. No importa si no sonó exactamente como me gustaría, si pifié algunas partes, si podría haberlo hecho mejor o si todas estas cosas que refunfuñaba el fantasma: lo hice. Lo hice y se sintió increíble: cerré los ojos, canté y vi colores. Terminé la canción, sentí el * puf* y dije en voz alta “siento que me acabo de sacar de encima un fantasma”. Había ganado la batalla.

Y si bien gané esta batalla, soy consciente de que no la guerra: sigo en el proceso de espantar fantasmas, que son un montón (sin ir más lejos todavía quedan cientos solamente en el ámbito del canto), pero cada vez me siento más confiada de mis aptitudes como ghostbuster. Vamos a ver qué nos deparan los próximos meses, pero después de lo que viví hoy ya sé que al menos los que quedan me tienen respeto, y me animaría a decir que quizás hasta me tienen un poquito de miedo…. al parecer se corrió la bola de que no tuve piedad con el de hoy y circularon cualquier cantidad de rumores sobre las mecánicas sanguinarias que utilicé para echar al fantasma. Decidí no contradecirlos: prefiero que se vayan preparando y que crean que soy una #BadAssMotherFucker. Que en cierto punto puede que un poquito lo sea. Al menos hoy más que ayer.

 

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2 Comments

  • Reply
    Mai
    28 diciembre, 2016 at 1:52 pm

    Que placer leerte Lali! Gracias por transmitir tan lindo tus aprendizajes, realmente motiva!
    Es cuestión de animarnos, debo admitir que dentro mio habitan mil fantasmas, pero hoy decidí empezar a tomar cartas en el asunto para emprender el desalojo.

    Deseame suerte y CORAJE!

    Te abrazo desde Tucumán

    • Reply
      Lali Bonomini
      2 enero, 2017 at 8:52 pm

      me encanta lo que leo! espantá esos fantasmas y hacé todo lo que quieras en la vida 🙂

      ah y gracias por las lindas palabras!

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