Aprender

Una generación sin paradigmas

Hace un tiempo una amiga me contó que decidió abrir la relación con su novio. Están juntos hace bastantes años y empezaron a pensar que, si bien el amor sigue estando presente tanto o más que el primer día, quizás podrían explorar cómo es abrir el juego a otras personas en el ámbito sexual. Es la primera vez que escucho de primera mano sobre una relación de este estilo (siempre lo vi como algo muy lindo en los papeles progre pero imposible de aplicar a mis estructuras), y a partir de este grado de separación empecé a cuestionar un poquito más mis propias reglas. En la misma línea de pensamiento, hace unos meses salí a caminar escuchando “Monógama”, el tercer episodio de Concha Podcast (el podcast de @oujima @ladalia y @laupassa), y me quedé otra vez rumiando este tema. Me di cuenta de que no soy ni cerca la única en encontrarse en un momento de replanteo de lo establecido en cuanto a nuestra manera de relacionarnos, y que el debate lejos de ser reprimido tiene que ser abierto a todo el mundo. Hay relaciones monógamas que fluyen de manera sana, otras que se sostienen en base a engaños, algunas son regidas por la resignación del “son tantos años”, otras directamente no funcionan… ¿Por qué tiene que aplicarse el mismo paradigma a todas las relaciones? Somos todos distintos, los tiempos están cambiando y siento que como generación vamos teniendo colectivamente la necesidad de redefinir las reglas del juego. Si a mí me ahoga la idea de tener un solo compañero sexual durante el resto de mi vida hasta que me muera… ¿No puede ser una posibilidad quitarle ese peso a mis relaciones amorosas? No tengo la respuesta todavía, es un tema que recién estoy explorando, pero creo que ese es el gran valor de permitirse siquiera evaluar romper con estos paradigmas: ya no es “cuando seamos grandes”, los grandes hace rato somos nosotros y cuestionar las reglas que nos heredaron es, para mí, parte clave de nuestra evolución.

En el último tiempo noté que prácticamente siempre que comparto una conversación profunda con algún amigo, la misma tiende a terminar en la misma conclusión: “a nuestra generación no le queda un solo paradigma sin cuestionar”. Casi todo lo que creímos un axioma irrefutable de chicos está demostrando ser incompatible con la vida que llevamos actualmente,  y más de una vez por mes, qué digo mes, semana, qué digo semana, día, estoy replanteándome algo que nunca pensé que me replantearía. ¿Quiero una relación monógama, una abierta o ninguna de las dos? ¿Quiero ser mamá? ¿Está bien consumir lácteos? ¿Es necesario utilizar tanto plástico? ¿Tengo que aceptar que el plural sea masculino y se invisibilice mi género? El lenguaje, mi alimentación, mi forma de relacionarme sexo-afectivamente, la definición de género…  Todo lo que alguna vez creí absoluto está demostrando ser, por el contrario, totalmente renegociable. Y eso es tan inspirador como tremendamente aterrador.

Pienso en la religión, por ejemplo: cuando era chica me mandaban a catequesis. Nunca me gustó y nunca me sentí interpelada por la iglesia católica, pero a los 9 años el pensamiento crítico es, al igual que el libre albedrío, prácticamente nulo, así que fui a catequesis, me confesé (todavía recuerdo con horror ese día en el que mi yo de cuarto grado trataba de pensar si le había tenido envidia a alguna compañerita durante el recreo ante la mirada incisiva del cura, que esperaba impaciente el pecado para mandarla a rezar tres ave marías y dos padre nuestros) y tomé la comunión. El catolicismo era algo que yo consideraba absoluto y ni se me ocurría cuestionarlo.

Si bien mi familia no era demasiado religiosa, una de mis mejores amigas sí lo era, y tanto ella como su familia iban todos los domingos a la misa de las 7. Yo la acompañé algunas veces y no recuerdo una sola de esas visitas a la iglesia que no la haya pasado como el orto entre distracción, aburrimiento, culpa por sentir aburrimiento, distracción de nuevo, culpa por sentir distracción… Me preocupaba de corazón no sentir nada de lo que decía ese cura ni nada de lo que me habían enseñado en catequesis, me torturaba no tener ganas de rezar a la noche, no creer en el cielo y en el infierno, no sentirme interpelada por ninguna de esas verdades que yo juraba eran irrefutables. Hasta que un día crecí y descubrí que no, que esa religión simplemente no era para mí y que estaba en mi poder romper con ese paradigma heredado. No soy católica, nunca lo fui, y descubrir que ese axioma no era tal me liberó de una definición que creía que me seguiría por el resto de mi vida. Como adulta redefiní esa regla de juego, la adapté a mis propias verdades y me sentí más yo que nunca al poder decirlo en voz alta, liberada por finalmente poder despojarme de todo eso que no soy.

Algo parecido me pasó con el consumo de carne. Recuerdo ver cómo en casa mamá deshuesaba el pollo para comer: con un cuchillo le cortaba la capa torácica, metía la mano adentro, revolvía el interior y sacaba los huesos, mientras sobre la mesada chorreaba sangre diluída entre el deshielo del freezer. Todavía a pesar de los años y la distancia siento muy fresco el hedor y el ruido líquido de ese cadáver resbaladizo. Me recuerdo a mí misma traumatizada mirando la escena y pensando en que yo como mamá algún día tendría que hacer eso mismo con un pollo, me revolvía las tripas de solo pensarme ejerciendo esa tarea y no veía salida alguna más que aguantármelo, esperando que mi yo adulta sea menos impresionable. A esa edad no se me ocurría imaginar que quizás no tendría que hacerlo, que a lo mejor ser adulto también sería poner mis propias reglas y decidir qué cosas de las impuestas no van conmigo. Para mí abrir los ojos ante los horrores de la industria cárnica y láctea fue una de las mayores revelaciones de mi vida: el mundo no está definido para siempre, es algo que construímos y reconstruímos todos los días. En definitiva la sociedad es una construcción humana, y quién mejor que nosotros mismos para cambiar los términos y condiciones que alguna vez aceptamos scrolleando rápido hasta el final sin detenernos a leer y pensar si estábamos realmente de acuerdo con lo que estábamos firmando.

Sí, es cierto, somos una generación sin paradigmas, pero a lo mejor es porque estamos usando este espacio en blanco para crear nuevos. Es agotador tener que estar redefiniéndolo todo, pero también es un momento privilegiado en la historia el que nos toca: estamos a cargo del timón de un barco que solamente va para adelante. Y si pudiera pedir un deseo, pediría que después de romper todos estos paradigmas y erigir nuevos, las próximas generaciones hagan mierda todo otra vez. No puedo esperar a ver qué cosas que hoy creo totalmente verdaderas e irrefutables terminan siendo, a los ojos de una generación más abierta de mente, bullshit vencida de mi propia y anticuada generación.

You Might Also Like

4 Comments

  • Reply
    Pablo
    10 junio, 2019 at 1:58 am

    A mikes de kilómetros te leo y no puedo parar la hinchazón de mi pecho. Me da orgullo saber lo bien plantada que estás… me encanta que rompas moldes y hagas tu propio camino, con absoluta libertad… Eso es evolución… Te adoro.

  • Reply
    Trini
    10 junio, 2019 at 9:58 am

    Hola!
    Tengo 30 y opino lo mismo que tú pero a la vez es tan extraño no tener casi referentes para todos esos planteamientos que nos hacemos, por ejemplo, no saber bien que pasos a seguir luego que decides tener una relación abierta, no hay un libro o un esquema que te diga cómo se hace (así como si los tiene la relación monógama) los límites son difusos y me imagino que se aprende en la marcha y cagándola.
    Hace poco llegué a vivir a Berlín, y por primera vez me estoy replanteando tantas cosas, porque veo tantas formas diversas de vivir la vida que nunca ví cuando vivía en Chile, como por ejemplo, poder vivir temporada de verano aquí y en invierno en otro país, o por ejemplo criar hijos con amigas, romper el sueño de la casa propia y vivir viajando, abrir la relación, experimentar la poligamia, trabajar sólo la mitad del año y la otra viajar, y así… cosas que jamás las hubiera pensado si no hubiera conocido gente que sí lo experimenta.
    Es rico poder abrir los ojos y por lo menos intentar romper esquemas, y si no resulta pues, que importa, es entretenido saber que la vida no es sólo de una forma y que se pueden empujar los límites, pero no te niego que da miedo.

    • Reply
      Daiana
      10 junio, 2019 at 7:02 pm

      Hola! Solo por si acaso, The Ethical Slut es un lindo libro y trata muchas de esas tematicas. Y aprovecho, Lali es hermoso leerte!

  • Reply
    Adriana
    10 junio, 2019 at 2:29 pm

    Replantear, reflexionar, romper paradigmas son verbos activos que deben formar parte de nuestra vida ya que enriquecen la evolucion del ser, ahora bien, todo pensamiento produce agitacion y no siempre estamos preparados para abordar y encontrar las respuestas.
    Hoy desde tu inteligente reflexion me surge preguntarme lo siguiente, si una persona se replantee un tema implica necesariamente que yo deba reflexionar sobre eso?..considero que los momentos de la historia personal son unicos y tienen tiempo de gestacion, en mi caso el pellizco de molestia me marca cuando es mi tiempo de reflexion y accion.
    El inconsciente coletivo tambien hace un gran pellizco y es necesaria la reflexion para la evolucion de la humanidad
    En fin !a mi me inquieta considerar q la mente vive reflexionando porque queda atrapada en un circulo vicioso de preguntas y respuestas.Los sabios dicen que la meditacion y el silencio te trae tus mejores respuesta porque provienen de un lugar inmaculado libre de toxicidad mental.
    La mente agita y el ego asfixia con astucia disfrazada, el limite es sutil, simplemente tenemos que estar atentas para no desfocalizarnos en el camino de nuestra evolucion .

    Te amo hija !

  • Leave a Reply